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¿La privacidad está muerta? ¡No, pero está en coma!

¿La privacidad está muerta? No, está siendo agredida, pero resiste

Desde hace bastante tiempo, cada  28 de enero, celebramos el Día Europeo de la Protección de Datos. Es algo que comenzó alrededor de 2006, para conmemorar la firma de la Convención 108, que finalmente se convirtió en el precursor de las herramientas que tenemos actualmente a nuestra disposición para protegernos de los fisgones digitales.

No es una fiesta para tirar cohetes, eso sí, pero sirve para recordarnos que nuestros datos no son solo bits flotando en el vacío.

Cada clic que hacemos deja un rastro de migas de pan en un bosque de servidores.

Pero la protección de datos, no es el cuento de Hansel y Gretel.

Se trata de un asunto serio, una especie de valla que tratamos de mantener a pesar de las fuertes embestidas del marketing salvaje y de las aplicaciones para móviles que piden permisos que muchas veces no tienen sentido.

Se habla mucho sobre GDPR,  esta regulación que ha llenado los sitios web con anuncios de galletas que todos nos comemos, sin leer lo que pone en el envase, porque tenemos prisa por ver un video o leer las noticias.

Sin embargo, el GDPR, es lo único que impide que alguna compañía sin ética ni escrúpulos venda nuestros datos más privados al mejor postor sin que le cueste una multa bastante gorda.

Aunque tenemos que entender que esta normativa no se inventó para prohibir el procesamiento de datos, sino para verificar que se haga de manera responsable y supervisada.

Es una defensa insuficiente, desgastada e imperfecta, pero de momento es lo que tenemos.

En cualquier caso, la privacidad no va de ocultar nada, sino más bien de tener las llaves de nuestra propia casa y decidir quién puede entrar para echar un vistazo o quién se queda fuera.

El peso de las huellas digitales

En muchos casos, los perfiles que han construido sobre nosotros son más precisos que la imagen que proyectamos en un espejo a primera hora de la mañana, después de una noche de fiesta.

El peso de las huellas digitales

Cada vez que utilizamos un servicio «gratuito» el precio somos nosotros (es un mantra repetido hasta la saciedad, pero es cierto).

Solo deberían recopilar la cantidad necesaria de información para lograr el objetivo previsto,  pero muchas veces les regalamos todo tipo de datos personales. Incluso nuestras inquietudes y miedos.

Asegurar los datos personales

Algunos dicen que la privacidad está muerta y que debemos resignarnos a ello: son lentejas, si quieres las tomas, si no las dejas.

¿Una excusa para evitar molestarnos en leer de vez en cuando los términos y condiciones de los diferentes servicios que utilizamos?

Entendemos que muchas veces necesitaríamos un título universitario solo para averiguar dónde termina la cháchara banal y empieza la cláusula injusta que oculta sorpresas desagradables, como por ejemplo la autorización otorgada a una plataforma para utilizar libremente nuestras fotos o videos.

Sin embargo, estamos en nuestro derecho de saber como se va a tratar la información que les facilitamos  y también a solicitar que esta se elimine. 

Por otro lado, cada permiso aceptado sin leer, cada dato compartido sin necesidad, contribuye a socavar todavía más nuestra privacidad.

¿Somos conscientes de ello?

Europa en cuestiones de privacidad no es precisamente Suiza que a pesar de que tiene que cumplir con los tratados internacionales lo hace bastante bien.

Pero en comparación con otros sitios como Estados Unidos o Rusia por lo menos intenta establecer límites.

En este sentido, en 2025, las autoridades europeas de protección de datos impusieron más de 330 sanciones por incumplimiento del Reglamento General de Protección de Datos, el RGPD, con un importe total cercano a los 1.150 millones de euros.

Aunque para la mayoría de las grandes empresas tecnológicas este dinero es chocolate del loro, no deja de ser un aviso serio.

Redes sociales, tiendas en línea, motores de búsqueda, chatbots de IA: cada interacción con alguno de estos sitios ayuda a construir un perfil digital, a veces sin nuestro conocimiento pero la mayoría de veces con nuestro consentimiento.

Por lo tanto, ser conscientes de lo que compartimos y conocer nuestro derecho al acceso, rectificación, modificación, y eliminación de nuestros datos personales es una palanca para mantener un control razonable sobre nuestra identidad digital.